Esta señora, puede ser de todo lo que se proponga, porque no tiene complejos, (ni escrúpulos) lo mismo es una poeta erótica, que una hippy marxista trasnochada, que una amante hasta lo imposible que una ambiciosa de poder.
Pero el razgo que me ha llamado mucho la atención es su extraña manera de vestirse, si a eso se le puede llamar vestirse, porque la pobre tiene un gusto de disgusto, bueno al haberse casado con Daniel ya no quedan pruebas.
Debido a esto le he dedicado un fake en honor a su vestimenta y su desagradable costumbre de no afeitarse las axilas, lo que hace pensar que tanto ella como Dani, el violador, son unos eróticos aberrados sin remedios. Posteriormente leeran, si me lo permiten un artículo ya en tono serio, de Cristiana Chamorro que tituló: Los 90 días de Rosario Murillo.
Los noventa días de Rosario Murillo
Cristiana Chamorro Barrios
AQUÍ NICARAGUA
El poder de Rosario Murillo sobre el presidente Daniel Ortega y su gobierno ha sido un tema de análisis público y privado durante estos primeros noventa días. Algunos tratan de adivinar sus intenciones, muchos recuerdan su pasado y no le dan ningún beneficio de la duda, otros especulan con su suerte a la luz de la experiencia de otras mujeres políticas en la historia.
Su respuesta ha sido el silencio y lograr que el Presidente reafirme en público lo que ella sola decide en su oficina particular.
La mayoría de las miradas son más de aprehensión que de orgullo hacia la Primera Dama de la República, quien además preside el Consejo de Comunicación y Ciudadanía, controla la comunicación del Gobierno y del partido, el protocolo del Estado, es también secretaria privada del mandatario, jefa de gabinete y maestra de ceremonia del Presidente.
Oficialmente todos son cargos delegados sin reconocimiento constitucional. No queda claro si con sueldo o no, pero sí espacios de poder político absoluto sobre el Gobierno, el Presidente y su partido.
Las razones del rechazo generalizado que existe hacia el poder de Murillo no son comparables con la razón de las críticas que todas las mujeres han recibido por tener ascendencia sobre sus poderosos maridos.
Ejemplos más recientes son los de Rosalyn Carter, criticada por sentarse en los consejos de ministros; Nancy Reagan, enjuiciada por imponer criterios supuestamente astrológicos en la designación o destitución de las personas del entorno presidencial.
En el caso de los Clinton, los periódicos caricaturizaron a Hillary surgiendo del infierno al lado de un Presidente rubio vestido de angelito para contrastar la “diabólica” influencia de su mujer.
Obviamente, el poder de Rosario Murillo no es el de una Primera Dama al lado de su marido. Lo dijo bien claro el comunicado del Movimiento Autónomo de Mujeres (8 de marzo de 2003): el poder de Murillo se origina en haber canjeado la integridad de su hija por el dominio que ahora ostenta sobre Ortega, su partido y el gobierno.
A esta complicidad con un delito de violación sexual, se le suma el peso de las acusaciones en su contra de todos sus ex compañeros en el anterior gobierno del FSLN. La acusan de haber ejercido, durante diez años de revolución sandinista, una dictadura cultural asfixiante. Y ahora regresa sin dar señales del cambio que quiere vendernos con un lenguaje disfrazado de “paz y amor”.
En sus escritos del noventa ella se describe como una mujer: “crítica, supercrítica, conflictiva, malcriada, y ‘jodida’ en muchísimos aspectos”. Se declara leal al Frente Sandinista y discípula de la consigna: “Dirección Nacional Ordene”, lo que según ella significa tener disciplina, sentido del deber y voluntad para asumirlo.
En otras palabras, sigue con pasión la lógica del poder autoritario, pero no logra empatía con las mujeres del partido, ni con los hombres del Presidente.
El público la señala de ser “extravagante” por su vestimenta, un derecho propio e irrelevante para la acumulación de poder individual y personal que ha logrado en noventa días.
Murillo ha confirmado que la deuda de Ortega con ella es tan grande como la Presidencia de Nicaragua que su marido le ha entregado.
El Presidente al lado de la Primera Dama parece una marioneta incoherente con micrófono abierto para confirmar su rosario de atropellos: a la Constitución y leyes, a los espacios de consulta y participación, a la pluralidad de intereses políticos y económicos del Estado, a la libertad de expresión y el derecho de la ciudadanía a estar informada, al avance de la conciencia democrática y libertaria del pueblo de Nicaragua. Pareciera que la “democracia directa” de Ortega es la penitencia que su mujer le puso con la bendición del cardenal Obando.
La pareja presidencial ha sido señalada como una versión criolla de Yoko Ono y John Lennon. Según la escritora Rosa Montero, John llamaba a Yoko “madre”; y sin duda la necesitaba más que ella a él. “Después de todo, nosotros dos somos realmente uno” y los dioses sonrieron, escribió John en su último libro.
Agrega Montero que entre John y Yoko llegó a existir una extraña relación, totalmente interdependiente y teatral: dicha familiar puertas afuera, pero puertas adentro la cotidianidad seguía siendo turbulenta. Vivían alimentándose con fantasía de identidades, concluye diciendo Montero en su libro Pasiones: amores y desamores que han hecho historia.
Rosario Murillo tiene todo el poder que necesita para no perder esta segunda oportunidad.
Primero, debería honrar su discurso de unidad y reconciliación y perdón a su hija Zoila América Narváez para lograr la unidad de su familia.
Frente al país, la Primera Dama tiene el deber moral de liberar a Nicaragua de los señalamientos del Comité de Derechos Humanos de la ONU que en noviembre del 2006 dictaminó: “El señor Ortega podría convertirse en el primer presidente de la historia en contra de quien hay cargos de incesto y abuso sexual de una menor, lo cual sólo lastimaría los esfuerzos globales de ONG por la educación de los derechos del niño, sin mencionar la violencia sexual y la discriminación de género”.
A estas alturas de noventa días, el poder acumulado de Murillo es tal que lo que ella haga o deje de hacer va a determinar el éxito o fracaso del danielismo sandinista de regreso al poder.
Tiene más del 50 por ciento del poder para evitar la reelección de Ortega, terminar con el pacto, la impunidad y la corrupción. Debe impedir que el Presidente sea co-legislador y que sus consejos ciudadanos limiten la participación popular y la libertad de expresión.
Sin duda, es una mujer política, más trabajadora y capaz que el Presidente. Además, “temible”, según sus mejores enemigos quienes aseguran que consigue lo que se propone. Tiene la oportunidad de no pasar a la historia como la mujer cerebro de la nueva dictadura que no pudo evitar un segundo desastre de Daniel Ortega en la Presidencia de la República.
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